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Desde estas lejanas tierras australianas...

Les doy la más entusiasta bienllegada a mi página web.
En ella, encontrarán los diferentes rostros que he querido darle al amor, ese mágico sentimiento que mueve al mundo y que es capaz de vencer cualquier obstáculo cuando se pone a prueba.
De igual manera, la picaresca entonación del sexo, tan sublime cuando se realiza con el corazón, pero tan divertido cuando se le agrega una buena dosis de humor.

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Comentarios completos de los Libros de Raúl Briceño

raul briceno

Nelson J. Cabrera. Periodista.
Editor del Semanario Español.

“Los personajes de La melliza son candidatos seguros para un filme o -al menos- a una serie de televisión; ellos apelan al lector, que casi sin aviso previo, llega al esperado final con los hijos conductores equivocados y los mapas de la trama enmarañados. Y, sin embargo, todo está allí, y uno no puede sino leer el texto, línea por línea, para no perder ni el sonido de la aventura ni -menos- el placer de seguir un texto bien escrito y mejor diseñado”.

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Dra Beatriz Copello Psicóloga-Escritora y Poeta.
Doctor of Creative Arts (Creative Writing), University of Wollongong, 2003.
Editora Cultural Semanario Español.

No es todos los días que uno puede leer libros de la categoría de La melliza. En esta entretenidísima novela se mezcla el romanticismo con la tensión y el drama. En un estilo muy inteligente, Briceño cuenta dos historias paralelas: una, la historia trágica de los mellizos Verónica y Fidel, y la otra, la del teniente Mauricio Bonilla.
Verónica y Fidel, dos jóvenes colombianos presencian la violación de la madre y el asesinato de la madre y el padre a manos de los terroristas. Con valentía, preparan una trampa para ellos, pero en venganza estos juran matarlos. Huyen en busca de seguridad, pero el escape está tachonado de pesares y peligros.
La otra historia paralela es la de Mauricio, un joven e inteligente teniente, que no solo busca el amor, sino que lucha para derrotar a los terroristas y aquellos que los acompañan.
Varias cosas me impresionaron de este libro, entre ellas la trama de la novela, y el lenguaje exquisito que utiliza este autor. La trama es intrigante y tiene al lector en casi constante estado de expectativa. El paso en que se desarrolla la novela es perfecto, no muy apurado ni muy lento. El lenguaje… ¡ay, el lenguaje!... maravilloso, casi poético. Por ejemplo, en la página 87, refiriéndose a los sentimientos de Mauricio dice: “Envuelto en las caricias de aquella imagen de diva se dejó mecer por un bienestar que nunca antes había conocido y embozado con esa inspiración paradisíaca, se entregó laxo en los brazos de Morfeo para seguir soñando a perpetuidad.
Me fascinaron los dichos, algunos de ellos creo que son colombianos, como ser: “Más tiempo le toma a un ñato en persignarse” o “Ninguna urdimbre está a salvo de que un hilo no se tuerza”
Algo difícil de conseguir en literatura es escribir buenos símiles. Briceño se destaca en esto. Estos son una muestra de su talento como escritor: “El olor del dinero sucio lo atraía tanto como el olor de los excrementos a las moscas”, “Vivía en el a diario y esto le había permitido desarrollar su instinto de cazador, podía oler una buena presa como un lobo huele la sangre” y alguno de ellos con humor, como ser: “El guerrillero más blanco que nalga de monja.”
Disfruté muchísimo leyendo La melliza; en pocas palabras este libro es entretenido, interesante y está muy bien escrito; se lo recomiendo.

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Video presentación por
Raúl Briceño del libro
La melliza

Hola amigos latinos.

Presento mi novela “La melliza”, con un saludo muy especial a todos los latinos de Estados Unidos y Canadá, invitándolos a que la lean, con la seguridad de que en sus páginas encontrarán que sus personajes encarnan una realidad que con creces supera la ficción.


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Video de la entrevista del libro
La melliza

La promoción de “La melliza”, mediante entrevistas como esta, ha permitido que empresas editoriales se interesen en ella. Estas son las palabras de Gena Editores SAS.

“La historia de La melliza resulta atractiva por la forma particular de plasmar los sentimientos de venganza, amor, desespero, ilusión… que en palabras de Malraux “describen la inexorable condición humana”; pero en medio de la trama de La melliza siempre brilla el más bello de los sentimientos: el amor, ese que mueve al mundo y que sirve como elemento para exorcizar todos los males que un ser humano puede llegar a albergar en su alma y en su cuerpo. Estas razones, entre otras, llevan a considerar que La melliza debe ser publicada, amén que tiene una prosa limpia, con un estilo definido y una muy particular manera de presentar las situaciones”.


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Video lanzamiento del libro
La melliza

Lanzamiento de “La melliza”.

El 21 de noviembre de 2015, La melliza debutó en sociedad, un día memorable para mí, numerosos amigos y conocidos se hicieron presentes en aquel recinto de Lidcombe, para rubricarme con su presencia el valor incalculable de su amistad.


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Review de La melliza

Cuento ganador del primer premio en el XIII concurso literario internacional del grupo Palabras de la ciudad de Sydney

Aeropuerto.

Para ser una persona que había dejado atrás sus años mozos, Eduardo, hijo único, aún estaba en la flor de la vida. Poco garboso y en apariencia desmadejado, con una mata de pelo de rizos negros salpicados de algunas hebras plateadas y gafas de montura redonda, dos círculos perfectos tras los cuales se vislumbraba un par de ojos de gato listo. Contrajo nupcias poco tiempo después de haber terminado la universidad, con una muchacha en cuyo vientre se albergaron dos hermosos retoños y que su madre había elegido entre las hijas en estado de merecer de su amistades, temerosa de que su angelito no tuviera los arrestos de conquistar su propia faraona. Con tan mala fortuna que la mojigata resultó regañona, mandona y de pocas aspiraciones. Eso sí, para qué negarlo, era como un melocotón en almíbar. Sus atributos sexuales saltaban a la vista. Dos tetas, ¡Jesús, María y José, qué tetas! parecían dos carabelas y con un trasero que quitaba el aliento, hicieron del pobre Eduardo, el más perseverante y abnegado de los maridos. Entre los vaivenes de las primeras que parecían soportadas por aceitados goznes y el armonioso ritmo de su imponente trasero, el parsimonioso hombre descarrilaba su vida guardando juventud para la vejez y desgranando avemarías para ganar indulgencias que más tarde redimía enfermo de amor, entre los linos de las sábanas y la voraz calentura de su mujer.  
La mansedumbre que solía manifestar en el hogar, en el que conservaba todos sus sueños incumplidos e intactos porque nunca sabía cuándo le iban a hacer falta, contrastaba con su indómito y dicharachero temperamento en la oficina. Allí, su personalidad se desdoblaba, era una castañuela, conversador ameno y bromista de primer orden. Tanto, que si llegara a sufrir un ataque al corazón, ni echando babaza por la boca le creerían para correr a auxiliarlo y con sus compañeros igual o más bromistas que él, conformaban un equipo terrorífico.
En una ocasión, él y sus tres compañeros salieron a almorzar a un restaurante cercano que anunciaba con bombo y platillo el mejor sancocho de pescado de la ciudad. Los atendió una hermosa joven, ─de esas por la que uno es capaz de tragarse un ladrillo si fuese necesario─, que unos minutos más tarde, regresó arrastrando un pequeño carrito con los cuatro platos. El sancocho de pescado tiene la particularidad, de que la capa de grasa que cubre la superficie evita que salga el humo por más caliente que se encuentre, es mansito en su apariencia exterior, pero borbotea como lava en su interior. Cuando la chica se retiró seguida por la mirada de tres de ellos, Eduardo, que ya tenía en mente la picardía, hizo la mención de tomarse la primera cucharada de caldo e inmediatamente le gritó a la muchacha ─¡Señorita este caldo está frio, helado como beso de boba! Los otros tres compadres risueños por los chascarrillos que hacían de la muchacha, mandaron la cuchara al caldo y se la llevaron a la boca. La quemada fue tal, que los labios se les pusieron blancos y nuestro personaje tuvo que huir para para amparar las joyas nobles de la familia.  
─Para qué se va tan temprano si el avión sale hasta dentro de tres horas. Le cantaleteaba su mujer. ─Va para Medellín, no para Rusia─. Porfiaba.
─Mi amor, sabes que detesto llegar de carrera al aeropuerto. Me gusta ser unos de los primeros en abordar. En ese instante se escuchó el pito del taxi. Tomó su equipaje de mano, le dio un beso a su mujer con religiosa apretada de nalga y ya subiendo al auto exclamó: dale un beso a los niños.
La empresa lo enviaba a la sucursal de Medellín por un par de días ─como cada tres meses sucedía─ a practicar una auditoría. Llegó al Puente Aéreo, se dirigió al mostrador de Avianca, hizo los trámites, conversó graciosamente con la empleada y como aún no llamaban a abordar, en el entretanto, se paseó carreteando su pequeña valija fisgoneando por entre los almacenes. Compró el diario, una revista, una caja de chicles y continuó su paseo rutinario. Enclavada a una columna vio una báscula con un aviso llamativo «Controle su peso y conozca su Fortuna». Curioso se subió y deslizó la moneda por la ranura. La romana se iluminó, emitió un festivo tilín tilín y arrojó un tiquete. Eduardo lo tomó, lo leyó y se quedó con la boca abierta. Decía: «Usted pesa 79 kilos, se llama Eduardo Carvajal, es casado, tiene dos hijos, viaja para Medellín y tendrá un día maravilloso». No podía creerlo. Cómo… la máquina… hasta que cayó en cuenta. ¡Claro! Sus amigotes le estaban jugando una de sus bromas. Debían de estar agazapados en algún lugar observándolo y muertos de la risa. Ahora veía claro porqué se habían excusado de acompañarlo al aeropuerto. Pero no les iba a dar gusto. Los iba a descubrir. Por ningún motivo iba a convertirse en el hazmerreír de ellos. Recorrió lentamente el extenso y amplio pasillo, tranquilo, como un egipcio. Mirando, escudriñando, fisgoneando, en cada puerta, rincón, esquina, ventana. Encontró a mitad del largo corredor otra báscula similar y repitió la operación. El resultado fue idéntico: «Usted pesa 79 kilos, se llama Eduardo Carvajal, es casado, tiene dos hijos, viaja para Medellín y tendrá un día maravilloso». ¡Desgraciados! Su ira fue aumentando. Cómo se estarían burlando de él, pensó, si los llegase a agarrar los dejaría sin huevos. Continuó más lentamente su marcha, agudizando su mirada, sus oídos, su olfato. Estaba paranoico, delirante. Inspeccionaba los baños públicos sin resultados. Su frustración in crescendo lo golpeaba como si estuviera bajo una tormenta de granizo.  Llegó por fin al otro extremo empecinado en encontrarlos, pero no halló ni rastro de sus compañeros. Detuvo su mirada en una tercera balanza gemela. Subió, introdujo con rabia la moneda por la rendija, de nuevo se iluminó, el tilín tilín lo fastidió y el tiquete se deslizó reposando en la pequeña bandeja. Lo tomó y lo leyó. Se puso lívido, parecía que se le hubieran bebido la sangre. Su rictus se contrajo, como si hubiera recibido un gancho directo a la mandíbula y apretó los puños. La papeleta rezaba: «Usted pesa 79 kilos, se llama Eduardo Carvajal, es casado, tiene dos hijos y viajaba para Medellín porque por imbécil lo acaba de dejar el avión.  

Cuento ganador del primer premio en el XII concurso literario internacional del grupo Palabras de la ciudad de Sydney

Don Rafael se enloqueció.

Apareció de un momento a otro, como salido de la nada. Tomó asiento en el mismo banco en el que Rafael solía hacerlo a diario. Lo saludó – Hola Rafael. El anciano giró con pereza su cabeza y se encontró con el rostro de un hombre de cara amena y luenga barba. Respondió al saludo por cortesía. -¿Me conoces? Preguntó.

-Sí, te conozco desde hace mucho tiempo pero solo hasta hoy te veo.

-A mi me sucede lo contrario. Mucha gente me ha visto pero nadie me conoce. Vivo mi tragedia atado a este cuerpo que aún conserva el calor frio del amor ido.

-Cuéntame tu historia Rafael, no importa cuán larga sea, tengo todo el tiempo del mundo. La calidez y dulzura de aquella voz, inspiraron en el anciano un sentimiento de confianza que lo despojó de todo recelo. Lo observó por un par de segundos; se reacomodó, afianzó su espalda contra el banco, se sacudió la tristeza y comenzó su relato.

- Hace doce años que la conocí en este mismo parque florido. Ella compraba un helado de vainilla, yo, uno de chocolate. Nos miramos y el vaho del amor nos cubrió como santa aureola. Llegó fulminante, floreciendo, soltando polen. En un instante nos había turbado el alma. Ella me acarició con su mirada y yo empecé a tocarla con la mía. Nos sentamos en este mismo banco que por veintiocho días se convirtió en acólito silencioso de nuestro amor. Aquí venía a esperarla todos los días y bajo la dulce caricia del sol y la romántica luz de la luna platicábamos de nuestro amor. Aprendimos a identificar el aroma de las flores; la dulzura de los jazmines y el acerbo de las margaritas, el toque adormecedor de las gardenias y el encanto venenoso de las orquídeas. Llegamos a descubrir el amor a una edad en que las ilusiones y las pasiones ya serenas reposaban y nos regodeábamos de nosotros mismos. Estas, nos invadieron con bríos de adolescente y aquellas nos coparon con tibio aliento. Como dos críos durante veintiocho días nos reconciliamos con la vida. Surgieron los planes y las promesas. Como en primavera, nuestro amor florecía cada día con mayor intensidad. Eran capullos en flor que con el alma despuntábamos cada mañana y cerrábamos con poemas al atardecer.

- Pero amores del alma, así, no existen Rafael.

- ¡Qué sabe usted del amor! Mire toda esta gente que pasa en frente de nosotros oliendo a colonias baratas, a naftalina, como nos miran, se ríen, se burlan. Ellos ignoran que hace doce años se me murió el alma.

- El alma como dijo un filósofo Rafael, no solo no es inmortal, sino que es más mortal que el cuerpo.

- Por eso este banco en el que me siento todos los días a esperarla, se ha convertido en un panteón en el que me acostumbrado a vivir. Aún tengo diáfanos los recuerdos de aquel último día en que conjugamos el amor y la pasión en un solo verbo en tiempo presente.

-Estaba radiante, parecía una emperatriz. A pesar de sus años, su piel olía a los frutos de la tierra y aún conservaba la frescura del amanecer y la lozanía de la porcelana. Le fui quitando una a una sus prendas con paciencia de monje medieval. Ella se sumergió en mi alma, yo, en su cuerpo. Ella se apropió de mi corazón, yo, de su conciencia. Me adueñé de sus labios de grana, de sus pechos amables, de su relente sexo y en ellos fui abandonando gota a gota mi vida entera.

-Hicimos el amor con una ternura lenta y nueva, como un par de abuelos. Era como si danzáramos al ritmo de una melodía celestial que estaba regando nuestra encarnación con agua bendita. Ella recibía mis besos y mis caricias con pasión desenfrenada y con ellos lacraba la promesa de adorarla por el resto de mi existencia. La embestí con fuerza produciéndole un dolor que la colmó de infinito placer y nos abandonamos en un vaivén sosegado que nos fue abriendo el camino de una gloria, que como latigazos cayó sobre nosotros dejándonos fundidos en un solo cuerpo doble.

-Nos despedimos aquella tarde entre juramentos y promesas. Levitaba cuando la vi alejarse y su vestido ondulaba como una sábana al viento; pero jamás regresó.

-Desde entonces por doce años, he venido todos los días a esperarla en este mismo banco. He olvidado el calendario de mi vida, pero he contado una a una las vueltas de la luna que se han ido en caravanas y he aprendido a consolarme con el aroma de las flores que mantienen vivo su recuerdo.

-Rafael, aquel mismo día en que ustedes se despidieron, ella murió. Sintió que el cielo se le desplomaba. Un frio excesivo le erizó la piel y su cuerpo convulsionó, se aflojó y dos lánguidas lágrimas nublaron sus ojos y enturbiaron su corazón.

-¿Cómo lo sabes? Preguntó. Estuve ese día con ella Rafael, así como lo estoy hoy contigo.

-¿Sufrió? Volvió a preguntar tras una larga pausa.

-Murió sin entender Rafael. Murió sin siquiera saber que se moría.

-No debí permitirle que se hubiera marchado sin mí.

-La muerte no la puedes evitar y no es tan mala como la pintan Rafael. Con ella, el rico y el pobre, el bueno y el malo descansan.

-Como vasallo a su señor, la aguardaré sumiso en este mismo banco hasta que venga por mí y me arrastre a su plácido habitáculo. El hombre de cara amena y luenga barba se acercó y lo abrazó con ternura.

-El sol ha salido huyendo de la luna Rafael; ya es hora de marcharnos. Como candil que se apaga, el anciano fue desgonzando lentamente su cabeza y cerrando los ojos emprendió su viaje final. Iba camino de encontrarla. A su alrededor, la gente, que a fuerza de verlo todos los días lo conocía, murmuraba: don Rafael se enloqueció, estuvo todo el día sentado en este banco llorando y hablando solo.

Otras publicaciones de Raúl Briceño

Biografía de Raúl Briceño

Nací en Colombia, en la ciudad de Bogotá D.C. en 1946. Terminados mis estudios secundarios en el año de 1967, ingresé a la Universidad Jorge Tadeo Lozano para convertirme en Contador Público Juramentado como eran los deseos de mi padre, pero después de dos años de balances, estados de pérdidas y ganancias, y un cosquilleo que todos los días me advertía que iba mal encaminado, opté por darle un giro a mi vida. Gracias al apoyo del Dr. Jaime Forero Valdés, en ese entonces síndico de la universidad y a quien tuve el agrado de volver a saludar después de muchos años cuando vino a Australia a acompañar a su esposa Miriam —recién nombrada Cónsul General de Colombia—, logré un rápido traslado hacia el periodismo y cuatro años más tarde obtuve mi tarjeta profesional de periodista, otorgada en ese entonces por el Ministerio de Educación Nacional.

A partir de este momento mi peregrinar por diferentes medios de comunicación me ha dejado innumerables gratas experiencias y no pocos sinsabores. En los albores de nuestras actividades, con esos arrestos de justicia que brotan como botones en flor y nos creemos los grandes innovadores, con otros dos compañeros, creamos el semanario El observador judicial, a la postre, fueron dos años de batallas más perdidas que ganadas, la pobre legislación que amparaba a los periodistas en ese entonces, era casi que nula y cualquier incursión en los asuntos del gobierno era vista como si fuera una extrema izquierda malsana y revolucionaria. Siempre nos observaban como si en nuestra frente estuviera esculpido el apellido Marx o Engels. Este fue uno de los primeros sinsabores que me hizo sentir como si hubiera nacido en el siglo equivocado.

Después de mi frustrante incursión como empresario y de mi infructuosa lucha por convertirme en adalid de la justicia, entré algo más en materia y me vinculé con la agencia de noticias American Press, creada por periodistas colombianos, en la que desarrollé y afiné un buen olfato para estar en el momento oportuno de la noticia. Algunos años después me enteré que por aspectos legales con una cadena norteamericana, tuvieron que cerrar la agencia.

Por aquella época, 1979, un poderoso grupo económico del Valle del Cauca adquirió el control de una pequeña cadena radial y tras una fuerte inversión logró conformar una red de radiodifusión nacional con más de veinticinco emisoras tomando el nombre de Grupo Radial Colombiano. Hice parte de esta nueva organización por aproximadamente dos años y sigilosamente me retiré cuando descubrí que el grupo inversor dejaba mucho que desear y sus estándares éticos reñían abiertamente con la objetividad sagrada que debe adornar al buen periodismo.

Junto con un mayor retirado del ejército, incursioné en los medios impresos y creamos la Revista Hosmilmédica, una publicación científica del Hospital Militar Central de Bogotá que aparecía inicialmente de manera bimestral. Hice también parte del cuerpo de redacción de la revista de la Escuela de Caballería del ejército y finalmente creé y dirigí mi propia publicación, la Revista Prevención, sobre seguridad industrial, que en circulación cerrada se distribuía en todo el país a través de los cuerpos de bomberos en cada ciudad. Mi trabajo con esta revista me proporcionó agradables sorpresas como haber llegado a ser subteniente del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Bogotá.

Fue entonces cuando me dediqué con gran entusiasmo a los medios impresos, los que me daban la oportunidad de expresar de una manera más detallada mi disentir con las políticas gubernamentales, sin presentir que por esto tendría que abandonar mi país años más tarde.

Casi dos lustros atrás había contraído nupcias con Dolly Arroyave Eastman, oriunda de un municipio de castellanos abolengos, Santana de los Caballeros, más conocida como Anserma en el departamento de Caldas. Esta circunstancia me vinculó con una tierra maravillosa, la zona cafetera de Colombia, recientemente declarada Patrimonio de la Humanidad por sus maravillosos paisajes. De esta unión me quedaron dos hijos. Mis visitas asiduas a esta pujante y exuberante región, obraron en mí como un imán al que me fue imposible repeler y terminé viviendo en la querendona, trasnochadora y morena ciudad de Pereira, —debo aclarar que así la llaman con orgullo sus lugareños—.

Aquí encontré abiertas generosamente las puertas del Diario del Otún, un periódico joven de orientación conservadora, en el que por primera vez descubrí lo excitante de combinar periodismo y publicidad. Sin embargo, mis punzantes artículos contra el gobierno del presidente César Gaviria —para colmo de males, oriundo de esta tierra— por su desacertado manejo en la problemática narcoterrorista y la burla que tuvo que soportar Colombia por aquella famosa cárcel de La Catedral, terminaron por convertirme en un personaje non grato, no solo para el gobierno, sino para las huestes mafiosas y como el hilo se revienta siempre por la parte más débil; tras un atentado que atribuyo a estas últimas, permanecí dos días en el Hospital San Jorge, mientras que en el quinto piso, Francia Lucía Uribe, hoy en día mi segunda esposa, alimentaba a mi hija María Fernanda que gracias a la angustia y al terror de su madre, decidió nacer antes de siete meses y permaneció 17 días en los famosos “ventiladores” luchando por su vida.

Después de esto opté por salir de Colombia, pero del Diario del Otún conservo grandes recuerdos de unos jefes y unos compañeros extraordinarios de los que aún hoy después de más de veinte años, aún me acuerdo. Llegué a Australia el 25 de abril de 1995, pleno de miedos y frustraciones a insertarme en un país desconocido y muy lejano del mío, con una gran variedad de culturas hasta entonces por mí desconocidas, pero que con el correr de los años me han enseñado la enorme creatividad y riqueza con la que han contribuido para que este gran país, por su calidad de vida, ostente el honor de ser uno de los mejores lugares del mundo para vivir.

En este país, tomé a Francia Lucía en segundas nupcias y nuestra luna de miel en la paradisíaca Gold Coast contó con la compañía de nuestra pequeña hija María Fernanda, a la postre, quien más la disfrutó, no había poder humano que la sacara de la piscina. De mi padre heredé una buena voz para cantar, un arte que en Colombia hizo parte de mi vida social y aquí en Australia me proporcionó algunas entradas económicas que aliviaron el presupuesto familiar, como testimonio de ello quedan dos CD.

En medio de estos avances logré consolidar una pequeña familia, mi esposa Francia Lucía, que con tanto amor ha soportado mis rabietas se ha constituido en el centro planetario de mi vida. Mis hijos Raúl Francisco, Gloria Isabel y María Fernanda, de los que me siento inmensamente orgulloso, han sabido enfrentar y superar con sus grandes valores, los desafíos que el éxito impone a quienes buscan alcanzarlo, y mi único nieto Samuel, gracias a la educación que está recibiendo de su padre, puedo asegurar sin temor a equivocarme que llegará a ser un hombre de bien. Esto me obliga a darle gracias a la vida por tanta fortuna.

Encontré por fin, después de varios años, el espacio y la tranquilidad que buscaba para dar rienda suelta a mi imaginación. El periodismo seguía en hervor dentro de mí y un buen día tomé la pluma y la tinta y me desboqué en cuartillas de papel, cientos de las cuales fueron a parar al bote de la basura. Pero algo quedó de ellas, y así nacieron seis historias llenas humor y picardía, a las que puse por título Con estos cuentos me acuesto. No podía dejar de escribir algo de un personaje a quien admiré muchísimo y con todo el amor que le profesé, escribí una corta historia sobre mi hermano Manuel, a la cual titulé In memoriam.

Con la confianza y la acogida que obtuve con mi primer libro, me lancé lanza en ristre a crear mi primera novela, fueron dieciséis meses, entre cuatro y cinco horas diarias, y gracias a la paciencia de mi esposa Francia, y a quintales de cafeína para mantenerme despierto, con pulso firme y gran satisfacción esculpía en la última página la palabra fin. El 21 de noviembre de 2015, La melliza debutó en sociedad, un día memorable para mí, numerosos amigos y conocidos se hicieron presentes en aquel recinto de Lidcombe, para rubricarme con su presencia el valor incalculable de su amistad.

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